A lo largo del tiempo, la innovación en el armamento de las Fuerzas Armadas ha servido para definir una victoria o en todo caso, emplear una estrategia de defensa absoluta con el fin de proteger a una nación. Esta manera de ver las cosas, un tanto simplista, ha sido la excusa perfecta para ir diseñando y mejorando el armamento a lo largo del mundo.
Las innovaciones son variadas, desde la personalización de armas individuales como pistolas, rifles y afines hasta aumentar el rango y potenciar el ataque en los explosivos (bombas y granadas). Todo ello en pro de obtener un mejor resultado acabando de manera efectiva con el enemigo.
Sin embargo, con el transcurso de los años han ido surgiendo entidades que velan por la disminución de la “efectividad” y potencia de las mismas. En este caso, tomamos como ejemplo a las denominadas Bombas fragmentarias o de racimo.
El modo de acción de este explosivo se basa en la liberación e pequeños artefactos explosivos que caen a lo largo del territorio objetivo. La efectividad de cada explosión es imponente. Pero dicha situación desde 1965 ha ido cambiando. El motivo, es que son las responsables de haber mutilado o acabado con la vida de cientos de personas.
Una de las entidades claves para detener esta situación es la Coalición contra las Bombas de Racimo (CMC) que viene luchando en contra de la fabricación, uso y desarrollo de dichos explosivos. Incluso la firma del acta de la Convención de Oslo (1998) sirvió de complemento para detener la proliferación de este tipo de armamento.
En la actualidad, países como potencias como Estados Unidos (gobierno de Barack Obama) han firmado acuerdos de desarme para evitar la fabricación de los explosivos. Siendo este el mayor fabricante de las mismas a nivel mundial. Sin embargo países como Rusia y China aún no se unen al cambio. Puede que tome un largo tiempo para que se genere la concientización pero aún falta mucho por hacer. Existen entidades de protección para defender los intereses de la población mundial.